La historia que contamos
Mucho antes de que existiera una palabra para describir la humedad, los taínos consideraban sagradas las montañas de este bosque tropical, hogar de dioses y espíritus. No es difícil comprender por qué el canto del coquí llegó a formar parte de esa historia. Es una rana que prospera cuando la Isla prospera y que canta con más fuerza cuando la lluvia ha hecho su trabajo.
No es folclore basado en un mito. Es una cultura que observó, siglos antes de que un estudio científico pudiera confirmarlo, que aquella pequeña voz en la oscuridad revelaba cómo se encontraba la Isla.
Los científicos lo interpretan como información. Para los puertorriqueños, siempre ha sonado más parecido a un latido.
Lo que significa en este momento
Ahora mismo, en ciertas noches, el coro suena más tenue de lo habitual. No es una metáfora. Es la misma biología de siempre respondiendo a las condiciones que la rodean. La Isla está seca y el coquí lo expresa de la única forma que conoce.
No te está pidiendo nada. Solo está cantando su verdad.
Pero si estás escuchando —escuchando de verdad—, una ducha más corta, una toalla reutilizada o un aviso en la recepción sobre un grifo que gotea se convierten en pequeñas maneras de responder a su canto.
Para quienes nos visitan, su canto puede convertirse en un recuerdo favorito. Para muchos puertorriqueños, suena a hogar.
Por eso el coquí forma parte de esta historia. No es una alarma. Es un pequeño recordatorio de que el agua, el lugar que habitamos y la vida están unidos.